Bul-bul-bul…
Bul-bul-bul!
Desde la cocina de la Casa de los Animales Detectives llegaba un misterioso burbujeo. Al poco rato se oyó un fuerte:
—¡Auuu! ¡Está caliente!
Patricia, Alfredo, Sofía y Ala corrieron a la cocina tan rápido como pudieron.
En la mesa de la cocina estaba Kuba, con una bata de hojas verdes. Tenía los ojos cerrados, las patas sobre las rodillas e intentaba meditar. Frente a él había una gran taza de té de manzanilla de la que salía vapor.
—¿Kuba, todo bien? —preguntó Sofía, mirando por la ventana de la ollita.
—Por supuesto —respondió Kuba con voz muy tranquila.— Hoy es un día de descanso. Un día sin enigmas, sin pistas, sin persecuciones y sin sorpresas.
Bul-bul-bul.
—¿Y qué es lo que burbujea tanto? —preguntó Alfredo.
Kuba suspiró.
—Mi barriga.
En la cocina se hizo el silencio.
—Ayer comí un poco demasiados bistecs —confesó el león.— Solo un poquito más de lo normal.
—¿Y cuánto es “un poquito”? —preguntó Patricia, curiosa.
Kuba miró a un lado.
—Cuatro bistecs, dos galletitas de bistec y… medio cuenco de frijoles picantes.
Ala se cayó del palo de risa.
—¡Bul-bul-bul, Kuba-olla de bistec! —gritó.
—Por eso tomo manzanilla y medito —dijo Kuba.— Inhalo… exhalo… barriga tranquila…
Bul-bul-bul.
—Quizá hoy deberías comer un desayuno ligero —sugirió Sofía con dulzura.
En la mesa aparecieron rápidamente rebanadas de pan, rodajas de pepino, tomates, pimientos y frutas. Alfredo preparó té de menta, y Patricia trajo un pequeño tarro de miel.
—Un desayuno sano para un detective sano —dijo.
Kuba miró las verduras con cierta sospecha.
—¿Puede un tomate saber a bistec?
—No —respondió Alfredo.— Pero seguro que no va a burbujear.
Kuba mordió con cuidado un trozo de pepino.
—Hmm. No está mal —admitió.— Y, ¿saben qué? Un día tranquilo es realmente necesario. Después del desayuno haremos ejercicio, luego leeremos libros, ordenaremos las notas… Nada de problemas ni excursiones.
—¿Y los consejos para los habitantes? —recordó Patricia.
—Solo tres asuntos normales —respondió Kuba.— Una suricata, un lagarto y una ardilla. ¿Qué podría salir mal?
Ala inclinó la cabeza.
—¡En la selva? ¡Todo!
## Capítulo 1. Visitas canceladas
En la terraza, los detectives colocaron sillas, cuadernos y vasitos de limonada. La primera en llegar fue la pequeña Lagartija Jacinta. Caminaba rápido, pero cada pocos pasos daba un salto.
—¡Hip! ¡Detectives, tengo un problema! ¡Hip!
—¿Hipo? —preguntó Patricia.
—¡Desde ayer! ¡Hip! Comí el desayuno demasiado deprisa. Primero hubo mosquitas crujientes, luego frutas, luego más mosquitas crujientes… ¡Hip!
Alfred le dio un vasito pequeño de agua.
—Bébela en sorbitos pequeños. La próxima vez, come más despacio y haz pausas entre los bocados.
—Y no intentes tragarlo todo de una vez —añadió Sofía.— El desayuno no es una carrera.
Jacinta bebió el agua, respiró despacio y… el hipo desapareció.
—¡Lo logré! ¡Gracias! —gritó feliz.
Ya iba a irse, pero de pronto recordó algo importante.
—¡Oh! ¡Tengo que correr! ¡Todavía debo llevar los regalos!
—¿Regalos? —repitió Kuba.— ¿Para quién?
—Pues… ya saben… para… ¡hip! —Jacinta se tapó el hocico con la pata.— ¡Perdón, de verdad tengo prisa!
Y salió corriendo tan rápido que las piedritas saltaron tras ella por el sendero.
—Eso fue extraño —observó Patricia, anotando algo en su cuaderno.
Un momento después, aterrizó en la terraza el tucán Teófilo, mensajero de la selva. Llevaba atados a una pata dos pequeños papelitos.
—¡Mensaje para los detectives! —cacareó.
Patricia leyó el primero:
—“Estimados detectives, no iré hoy a la consulta. Tengo un asunto urgente. Suricata Sonia.”
El segundo decía algo parecido:
—“Queridos detectives, perdón, pero hoy no puedo ir. Debo preparar urgentemente una cosa. Ardilla Vera.”
Kuba se acomodó el sombrero.
—Suricata, ardilla y lagartija. Todas de pronto tienen asuntos urgentes. Esto ya no parece un día tranquilo.
—Y tú decías que nada podía salir mal —le recordó Ala.
En ese momento, Sofía estiró el cuello por encima del tejado de la casita.
—¡Miren! En la selva está pasando algo extraño.
Ala batió las alas.
—¡Voy a comprobarlo!
## Capítulo 2. Regalos para la cueva
Pocos minutos después, Ala regresó agitando las alas con emoción.
—¡Todos van hacia la vieja cueva bajo la Gran Colina! ¡Las ardillas llevan nueces, los monos canastas de frutas, y hasta la Señora Hipopótama carga una enorme olla de compota dulce!
Los detectives fueron tras ella.
En el sendero del bosque se encontraron con la Suricata Sonia. Llevaba una bolsita de albaricoques secos y miraba a su alrededor, nerviosa.
—Sonia, ¿por qué no viniste a la consulta? —preguntó Patricia.
La suricata bajó la voz.
—Porque alguien dijo que mañana el Sol desaparecerá para siempre. Y si queremos salvarlo, debemos llevar regalos a la cueva.
—¿Quién lo dijo? —preguntó Alfredo.
—No lo sé. La voz venía desde la oscuridad. Dijo que un gran espíritu de la sombra se llevaría el Sol si no recibía suficientes nueces, frutas y dulces.
—Eso suena muy sospechoso —murmuró Kuba.
La ardilla Vera confirmó la misma historia. Llevaba las mejores nueces de su reserva para el invierno.
—No quiero entregarlas todas —dijo en voz baja.— Pero si el Sol realmente desaparece…
Patricia la detuvo con suavidad.
—Vera, nadie puede llevarse el Sol. Y antes de darle nuestros alimentos a alguien, debemos saber para qué los quiere.
## Capítulo 3. El libro del cielo
Los detectives regresaron un momento a la casa. Patricia corrió a la biblioteca y sacó un libro grueso con una estrella en la portada.
—¡Sabía que lo había leído en alguna parte! —dijo, pasando páginas.— Mañana habrá un eclipse de Sol.
—¿Un qué? —preguntó Kuba.
Patricia dibujó con un palito tres círculos en la arena: un gran Sol, la Tierra mediana y una pequeña Luna.
—La Tierra gira alrededor del Sol, y la Luna alrededor de la Tierra. A veces la Luna se coloca entre ellos. Entonces tapa por un momento parte de la luz del Sol y proyecta una sombra sobre la Tierra. Eso es un eclipse.
—Entonces, ¿el Sol no desaparece? —se aseguró Ala.
—No desaparece —respondió Patricia.— Solo la Luna oculta por un momento su luz en una parte del planeta. Esta vez justo pasará sobre nuestra selva.
—¿Y no hay que pagar por eso con nueces? —añadió Alfredo.
—Definitivamente no.
—Entonces alguien conoce la palabra “eclipse”, pero la usa para asustar a los animales —resumió Sofía.
—Tenemos que descubrir quién —decidió Kuba.
Patricia se puso seria.
—Hay otra cosa importante. Nunca hay que mirar directamente al Sol, ni siquiera durante un eclipse. Para observarlo hacen falta gafas especiales, ¡para no dañar los ojos!
## Capítulo 4. Observación nocturna
Cuando se puso el sol, los detectives se escondieron cerca de la cueva.
Patricia se ocultó detrás de la raíz de un árbol viejo, con su cuaderno y una lupa. Alfredo se colocó junto al sendero lateral que llevaba a los helechos. Sofía observaba todo desde una colina alta, y Ala daba silenciosas vueltas sobre las copas de los árboles.
Kuba se escondió detrás de una gran roca.
—Este es un lugar muy bueno para un león detective —susurró.
—Es un lugar muy bueno para un león que no quiere ser visto —dijo Patricia.
—Casi lo mismo.
Pasaron los minutos. Los últimos animales dejaron cestas en la entrada de la cueva y regresaron a sus casas. Al fin todo quedó en silencio.
De pronto, desde la cueva llegó un suave roce.
Szszsz…
Tup.
Silencio.
Tup… tup…
Patricia contuvo el aliento.
Kuba asomó la cabeza desde detrás de la roca.
—¿Ven algo?
—¡Ciii! —susurraron todos.
—Pero si estoy susurrando.
—Kuba, tú susurras como un león.
—Tup, tup.
De la oscuridad salió una figura con un gran pañuelo. Arrastraba un carrito de madera lleno de frutas, nueces, miel y golosinas.
—Huelo a chacal —susurró Alfredo.
La figura miró nerviosa a su alrededor y luego tomó el camino lateral hacia los helechos. Los detectives la siguieron con cuidado.
Detrás de los helechos espesos había una grieta en la roca. Ya había allí tres cajas llenas de los regalos traídos.
La figura se quitó el pañuelo.
—¡El chacal Simón! —susurró Ala.
Simón se frotaba las patas con satisfacción.
—¡Perfecto! —murmuraba.— Mañana todos estarán aún más preocupados por el eclipse. Traerán más regalos, y yo reuniré provisiones para toda la estación seca.
Simón miró las cajas.
—Bueno… quizá para dos estaciones secas.
Luego miró otra caja.
—O tres.
Kuba frunció el ceño.
—Ahora tenemos una prueba —susurró.— Y un plan.
## Capítulo 5. El espíritu del eclipse
Al día siguiente, Kuba se disfrazó de un enorme tapir viajero. Llevaba un largo abrigo oscuro, orejas grandes de papel y una nariz falsa, graciosa y alargada.
—¿Los tapires tienen colas de león? —preguntó Patricia.
—Este sí —respondió Kuba.— Es un tapir detective muy raro.
Kuba llevaba dos enormes cestas cubiertas con hojas. En una se escondían Patricia y Alfredo, en la otra Ala. Encima había algunas frutas y nueces.
Simón asomó desde la cueva.
—¡Oh, otro regalo! Perfecto. Deja las cestas y vete. ¡Veré si puedo detener al espíritu que quiere llevarse el Sol!
Entonces, desde las cestas, saltaron Alfredo, Patricia y Ala.
Ala pasó volando frente a la lámpara de Simón, proyectando una sombra gigantesca en la pared de la cueva. Alfredo golpeó con la pata una olla vacía:
¡BUM! ¡BUM! ¡BUM!
Patricia habló con voz potente:
—¡Somos los Espíritus del Eclipse! ¡Sabemos de las cajas escondidas detrás de los helechos!
Simón palideció.
—¿De… de dónde lo saben?
Kuba se quitó el abrigo de tapir y se plantó frente a él con su sombrero.
—Porque los verdaderos detectives revisan pistas, y no creen en cuentos para asustar.
Simón intentó huir, pero Alfredo le cerró el paso y Sofía estiró el cuello por encima de las rocas.
—No necesitas escapar —dijo con calma.— Devuelve los regalos, pide perdón a los habitantes de la selva y deja de asustarlos.
Simón bajó la cabeza.
—Quería tener muchas provisiones sin trabajar —admitió en voz baja.— Eso no fue justo.
## Capítulo 6. El picnic bajo la sombra de la Luna
Al día siguiente, todos los regalos regresaron a sus dueños. En lugar de llevarlos a sus despensas, los animales extendieron mantas en un gran prado y organizaron un picnic.
Patricia preparó una demostración segura. Tomó una hoja, una cajita con un agujero y la colocó de espaldas al Sol. En la hoja apareció una imagen clara y redonda.
—No miramos al Sol —explicó.— Solo miramos su imagen en la hoja.
Sofía sostuvo tres frutas: un mango grande como el Sol, una naranja como la Tierra y una pequeña ciruela como la Luna.
—Cuando la Luna se mueve entre la Tierra y el Sol, tapa por un momento parte de la luz —explicó.— Y entonces vemos un eclipse.
Kuba observaba el experimento muy serio.
—Entonces, aunque se ponga un poco más oscuro, no hay que entrar en pánico.
—Exactamente —dijo Alfredo.
—¿Ni regalarle a alguien todas las galletitas? —añadió Ala.
—Especialmente las galletitas —confirmó Alfredo.
Cuando la luz del Sol comenzó a cambiar suavemente, los animales miraban la imagen segura sobre la hoja y se maravillaban ante el fenómeno.
Kuba se sentó junto a Patricia.
—¿Sabes? A veces el miedo empieza porque no entendemos algo —dijo.— Pero cuando preguntamos, comprobamos y aprendemos, el miedo se hace más pequeño.
Patricia sonrió.
—Exacto. El conocimiento es como una buena linterna. Ayuda a ver lo que de verdad se esconde en la oscuridad.
Ala dio una vuelta en el aire.
—¡Y a no dejarse engañar por un espíritu que quiere nueces ajenas!
Todos estallaron en carcajadas.
Incluso Kuba.
Esta vez su barriga ya no burbujeaba.
