**En los episodios anteriores, los Detectives tuvieron que lidiar con una lluvia inusual. En lugar de gotitas normales, del cielo caía miel espesa y dulce, y toda la jungla se volvió pegajosa. Por suerte, la colaboración con los invitados del mundo de los humanos ayudó a resolver el problema.**
**¿En este episodio volverán por fin los días tranquilos, con casos simples como el parche perdido en la cola de la Señora Gacela? ¡Escuchen!**
### CAPÍTULO 1 — La lluvia normal
Aún antes de que el sol saliera de detrás de las palmeras, empezó a repiquetear la lluvia en el techo de la casita de los detectives.
*Toc. Toc. Toc-toc-toc.*
El león Kuba saltó de la cama como un resorte.
—¡NO! ¡OTRA VEZ! —gritó, agarrando su sombrero y pegándoselo en la cabeza con cara de quien se prepara para lo peor—. ¿Es otra vez algo… PEGAJOSO?!
Cerró los ojos. Sacó la pata por la ventana.
Una gota. Fría. Normal.
Abrió un ojo. Luego el otro.
En la terraza brillaban charcos. Las hojas de las palmeras temblaban alegres. El lago se arrugaba con mil circulitos.
—Esto es… —Kuba se interrumpió. Tragó saliva—. ¡ESTO ES LLUVIA NORMAL! —rugió tan fuerte que los monitos en las copas de los árboles saltaron del susto—. ¡LA LLUVIA MÁS HERMOSA Y NORMAL DEL MUNDO ENTERO!
En la puerta del dormitorio apareció el Ratón Patrycja con la lupa en la patita y el cuaderno bajo el brazo.
—Kuba —dijo con calma—, ¿estás gritando de alegría porque llueve?
—¡SÍ! —respondió Kuba sin un ápice de vergüenza.
### CAPÍTULO 2 — Desayuno, secador y melena mojada
Desayunaron bajo el techo, con las ventanas abiertas, escuchando el murmullo de la lluvia. Kuba devoraba sus galletas de bistec con cara de quien acaba de ganar un premio. Patrycja crujía sus discos de queso y anotaba el plan del día. La Jirafa Zofia alcanzaba por la ventana hojas frescas de palmera, porque la ventana estaba justo a la altura perfecta. Y el Oso Hormiguero Alfred…
Alfred estaba sentado en su mesita en la esquina de la habitación, rodeado de un fila de frascos de vidrio. En cada uno había pegada una etiquetita con su letra menuda. En el centro de la mesa había un cartel escrito con tinta roja bien clara:
**🔬 NO MOLESTAR — ANÁLISIS DE MUESTRAS DE LLUVIA DE MIEL 🔬**
Al lado de los frascos había una extraña construcción de tubitos, molinillos y un trozo de piel.
—Alfred —dijo Kuba—, ¿no desayunas?
—Desayuno —murmuró Alfred sin levantar la vista del frasco, y se metió en la boca una galleta de hormigas sin dejar de anotar.
—¿Y qué es eso? —Kuba señaló la construcción.
Alfred por fin apartó la vista del frasco.
—Secador automático de melena —respondió con seriedad—. Casi listo. Calculo: dos o tres horas más.
Kuba parpadeó. Luego su gran cara de león se iluminó despacio como un amanecer.
—Alfreeeed… —empezó emocionado.
—No hay de qué —lo cortó Alfred y volvió al frasco.
### CAPÍTULO 3 — El lago bajo la lluvia
Cuando la lluvia amainó un poco y se convirtió en una llovizna tibia de verano, Patrycja anunció:
—¡Vamos al lago!
—¡Pero llueve! —notó Zofia.
—Las gotas tibias no hacen daño —dijo Patrycja con sentido práctico, poniéndose un sombrero de hojas de palmera—. Al fin y al cabo, es solo agua.
Y los tres salieron corriendo al terrazo. Alfred ni siquiera levantó la cabeza.
Junto al lago era maravilloso. La lluvia tibia azotaba los pelajes, goteaba de las palmeras, el agua estaba tan tibia como el aire. Chapoteaban y reían, y Kuba hizo una entrada impresionante al lago: un salto desde el muelle, chapoteo, ola, orgullo en la cara.
—¡El Detective Kuba entra en acción! —anunció, sacando la cabeza del agua envuelta en melena mojada.
—Pareces una calabaza mojada con mechón —dijo Patrycja.
—Calabaza elegante —la corrigió Kuba.
Cuando volvieron a casa, empezó el secado. Patrycja sacudió las orejas: listo. Zofia se sacudió el cuello: listo. Kuba se sentó en el sillón y miró su melena con clara preocupación.
—¿Alfred? —dijo con seriedad—. ¿Cómo va el secador?
Alfred apartó la vista de la mesita, miró a Kuba, luego la melena mojada, y de nuevo el secador.
—Listo en una hora —dijo con calma.
—Las consultas empiezan en un cuarto de hora —recordó Patrycja.
Kuba se quedó quieto un minuto entero, mirando al vacío. Luego se levantó, tomó una toalla, se envolvió la melena como un turbante y dijo con dignidad:
—El detective trabaja en cualquier condición.
### CAPÍTULO 4 — Tres testigos
La lluvia paró justo cuando los primeros habitantes de la jungla empezaron a acercarse a la puertita. Kuba ajustó la toalla en la cabeza.
*”Nada, solo una toalla, ahora se llevan sombreros así”*, pensó, y abrió la puerta.
El primero fue el Elefante Silvestre. Era un elefante mayor, digno, con trompa arrugada y carácter tranquilo, que rara vez se apresuraba y aún menos se quejaba. Esta vez, sin embargo, parecía preocupado.
—Buenos días, Detectives. Perdón por la molestia, pero tengo un problema. —Movió la trompa pensativo—. Esta mañana fui, como todos los días, al abrevadero por el camino principal. Y no pude pasar.
—¿Se cayó un árbol? —preguntó Patrycja, abriendo el cuaderno.
—No. —Silvestre entrecerró los ojos—. Una piedra. Grande, gris-marrón, con forma de montículo. Estaba justo en medio del camino. Y ayer, cuando volví por la noche, lo juro, no había nada.
Kuba se sentó derecho y ajustó la toalla con cara de detective.
—¿Grande?
—Hasta media pata mía.
—Hmm. —Kuba juntó las patas dramáticamente—. ¿Caliente o frío?
Silvestre pensó.
—Sabes qué… lo toqué con la trompa. Estaba caliente. Raramente caliente para una piedra. Como si tuviera fiebre.
Patrycja anotó: *”¿Piedra con fiebre?”* y lo subrayó dos veces.
—Gracias, Silvestre —dijo—. Investigaremos el caso.
El elefante se fue, balanceándose ligeramente como siempre cuando estaba pensativo.
Poco después llegó la Ardilla Wanda: pequeña, rojiza, con una ramita metida detrás de la oreja, que claramente ni notaba.
—¡Detectives! —empezó enseguida, antes de entrar por la puertita—. ¡Algo raro!
—Siéntate y cuéntalo con calma —dijo Zofia con calidez.
Wanda se sentó. Suspiró. Se levantó. Se sentó de nuevo.
—Anoche no podía dormir —empezó—. Salí al amanecer para mi carrera matutina y cuando pasaba junto al viejo baobab, ese en la bifurcación de caminos, ya saben cuál, oí algo raro.
—¿Qué raro? —preguntó Patrycja.
—Un traqueteo. —Wanda bajó la voz—. Como si alguien agitara una caja de bolitas. O papel arrugado muy, muy despacio. Silencioso, pero claro. Caminé más despacio para oír mejor, y me di cuenta de que el sonido venía… de debajo de la tierra. O de la tierra. Había un nuevo montículo rocoso allí desde la mañana. Y el sonido estaba justo junto a él. Pensé que quizás algo vivía debajo y llamaba para salir.
Kuba alzó una ceja.
—¿Pueden las piedras llamar?
—Las piedras no llaman —dijo Patrycja, anotando rápido.
—A menos que —intervino Kuba seriamente— no sea una piedra.
Se hizo el silencio. Alfred, sin dejar de oler el frasco, murmuró algo que nadie oyó.
La última fue la Lechuza Silvia: directora de la escuela-baobab, la lechuza más importante del barrio. Rara vez venía a pedir consejo, porque usualmente era ella quien los daba. Por eso todos se sentaron un poco más derechos.
La lechuza se sentó, cruzó las alas y miró a los detectives con sus grandes ojos amarillos.
—Traigo un asunto —dijo con calma—. No urgente. Más bien… curioso. Patrolo la jungla cada noche, lo saben.
—Lo sabemos —asintió Zofia.
—Esta noche, cerca de las dos, vi algo raro en el viejo camino detrás del baobab. Un movimiento. Pequeño, rítmico. Cientos de puntitos blancos brillantes se movían cerca del suelo: salían de algo, gateaban un poco y volvían. Como… —buscó la palabra— …como una fuente viva. Parecía hermoso, pero muy extraño.
—¿Insectos? —preguntó Patrycja.
—Posible. Blancos, casi blanquecinos. Y llevaban algo: terrones de tierra o piedrecitas pequeñas. —La lechuza calló un momento—. No me los comí —añadió con calma—. Demasiado pequeños. Y parecían muy ocupados en algo importante.
—¿Entonces viste insectos que construían algo de noche? —preguntó Kuba.
—O que terminaban de construir —dijo la Lechuza Silvia.
Chirrió una silla. Alfred se giró de la mesita y miró a todos uno por uno. Abrió la boca.
Todos cerraron los ojos, esperando.
—Hmm —dijo Alfred.
Y volvió al frasco.
Kuba, Patrycja y Zofia se miraron.
—Gracias, Silvia —dijo Zofia—. Muy útil.
La lechuza asintió y voló sin una palabra, como siempre.
Cuando el último invitado desapareció por la puertita, Patrycja extendió el cuaderno en la mesita.
—Resumo. Tenemos: gran montículo rocoso en el camino de Silvestre. Caliente al tacto. Junto a él de noche cientos de insectos blancos pequeños con terrones de tierra. Y un traqueteo silencioso, como papel o bolitas en una caja. Las tres historias apuntan al mismo lugar.
Dudó.
—Pero algo más me inquieta.
—¿Qué exactamente? —preguntó Zofia.
—Todos dijeron que el montículo apareció de la noche a la mañana. Pero… —Patrycja ladeó la cabeza— …¿lo comprobaron de verdad?
—Voy a preguntar a Silvestre —dijo Zofia y estiró el cuello hacia la puerta—. Vuelvan del montículo, y hablamos.
### CAPÍTULO 5 — La piedra que no quiere hablar
El camino detrás del viejo baobab estaba mojado por la lluvia y olía a tierra fresca. Kuba caminaba con cara de listo para todo, Patrycja anotaba cada detalle, y Zofia fue a la casa de los elefantes: hablaría otra vez con Silvestre y comprobaría los detalles de su historia.
Caminaban despacio, mirando con atención.
Y de repente Kuba se paró en seco.
—Patrycja —dijo bajito—, ¿lo ves?
En medio del camino yacía una roca gris-marrón, un poco monticular. Cubierta de hojas, como si alguien la hubiera camuflado a propósito. Yacía inmóvil, pero algo en su forma era… raro. No era como la describían los otros animales. Demasiado redonda. Demasiado regular.
—Lo veo —susurró Patrycja, agachándose y levantando la lupa.
Se quedaron quietos. Observaron.
Pasó un momento. Esperaron.
Y entonces la roca se movió.
Muy despacio. Solo se estremeció, pero las hojas sobre ella crujieron claramente.
Kuba agarró a Patrycja del brazo.
—Se mueve —susurró.
—Vive —confirmó Patrycja, sin apartar la lupa del ojo.
La roca se estremeció de nuevo. Una hoja se deslizó al suelo.
Kuba se agachó, miró alrededor y agarró una liana enrollada que colgaba de una rama cercana.
—Tengo red —susurró triunfante.
—Es una liana —dijo Patrycja.
—Para este momento, es una red —respondió Kuba con seriedad—. Cuando diga „a mi señal”, lanzamos.
Patrycja entrecerró los ojos.
—Kuba…
—¿Lista?
—Kuba, de verdad…
—¡A MI SEÑAL!
Kuba lanzó la liana con toda su fuerza. Las hojas volaron por todos lados. Patrycja saltó atrás.
Bajo las hojas apareció un viejo caparazón de tortuga cubierto de musgo. Y de él, muy despacio, con cara de quien despiertan en medio de una siesta, sacó la cabeza una tortuga. Vieja, arrugada, con ojos entrecerrados de disgusto.
Miró a Kuba.
Kuba miró a la tortuga.
—Buenos días —dijo Kuba.
—Hmmm… —respondió la tortuga.
—Perdón por… —Kuba señaló la liana alrededor del caparazón— …la red.
—Hmmm… —repitió la tortuga, como si esa palabra lo dijera todo.
Patrycja guardó la lupa.
—¿Podría decirnos —empezó cortésmente— cuánto tiempo lleva por aquí?
La tortuga pensó un rato que duró demasiado.
—Primera vez que paso por aquí —dijo al fin—. Normalmente voy por el camino del arroyo. Pero hoy había barro.
Kuba y Patrycja se miraron.
—Entonces… —empezó Kuba.
—El montículo que buscamos debe estar más adelante —dijo Patrycja—. Observamos la roca equivocada.
La tortuga miró alrededor y luego se movió despacio hacia delante, arrastrando la liana de Kuba, que claramente no pensaba devolver.
—Hmmm… —murmuró alejándose.
Siguieron adelante.
Y al poco vieron… el verdadero montículo, como veinte pasos más allá. Estaba justo en medio del camino, gris-marrón, irregular, le llegaba a Kuba más o menos a la rodilla. Alrededor reinaba un silencio total. Los pájaros seguían cantando. Las hojas susurraban. El montículo estaba inmóvil, como si siempre hubiera estado allí y nunca se hubiera movido.
Kuba se acercó. Se agachó. Luego se balanceó y hizo algo que un detective no debería: pateó el montículo con toda su fuerza.
*¡AU!* —el eco resonó por toda la jungla hasta las copas de los árboles. En la lejanía, los monitos dejaron de bromear. Kuba estaba sobre una pata, sujetando la otra con cara de quien acaba de descubrir que patear rocas es una muy mala idea.
—¿Qué es esto?! —siseó entre dientes.
Patrycja tocó la superficie del montículo con cuidado.
—Las rocas tienen grietas y granos. Esto tiene patrones. Casi como túneles, apenas visibles a simple vista. Y es simétrico. Ninguna roca es tan uniformemente construida.
Dio la vuelta al montículo, agachándose cada rato para examinar la base. Buscaba huellas: pisadas, surcos de arrastre. Cualquier cosa.
Nada. La tierra junto a la base era lisa y compacta, como fusionada con el suelo.
—Nadie lo trajo aquí —anunció en voz baja.
—Es imposible —murmuró Kuba.
—Y sin embargo. Creció de esta tierra. —Patrycja se enderezó—. Pero cuándo y cómo, aún no lo sabemos.
Kuba se agachó y pegó la oreja al montículo.
Silencio. Silencio total, seco, muerto.
Se enderezó molesto.
—De día no nos dice nada —murmuró.
—La Lechuza Silvia vio insectos de noche —dijo Patrycja, mirando el montículo con ojos entrecerrados—. Wanda oyó el sonido al amanecer. Y ahora, al mediodía, el montículo está… muerto.
Los dos miraban la masa inmóvil, dura, silenciosa de arcilla.
—Como si durmiera —murmuró Kuba.
—O como si esperara —dijo Patrycja.
Por un rato se quedaron en silencio.
—Patrycja —dijo Kuba despacio—, creo que sé qué hay que hacer.
—Quedarnos de noche —dijo Patrycja antes de que terminara.
—Quedarnos de noche —confirmó Kuba.
**¿Lograrán los detectives resolver el misterio? ¿Cuál será la solución? Lo leerán en el próximo episodio.**
