Leżozwierz Malwin

La mañana en la selva comenzó tranquila. El sol apenas se elevaba sobre las palmeras y, en el claro frente a la casa de los Animales Detectives, todo estaba silencioso y brillante. Kuba se estiró tanto que su melena onduló como una nube suave. Zofia alzó el cuello para comprobar que todo estuviera en orden junto al lago. Patrycja hizo unos cuantos estiramientos y acomodó su libreta en el bolsillo. Alfred enderezó con cuidado sus patas y olfateó el aire de la mañana. Ala, como siempre, dio dos vueltas rápidas sobre sus cabezas y llamó:

—¿Quién tiene hoy ganas de aventura?

—Primero gimnasia, luego aventura —respondió Patrycja—. Así dice el plan del día.

Esa mañana, la gimnasia la dirigió Alfred. En la terraza resonaban las risas cuando Kuba, con mucho entusiasmo, intentó hacer una acrobacia con la cola, pero en vez de un giro elegante casi volcó una maceta con un helecho.

—¡Uf! ¡Casi me sale! —rió el león.

Cuando terminaron los ejercicios, Ala se sentó en el respaldo de una silla y ladeó la cabeza.

—¡Oh, Patrycja! ¡Tienes una camiseta nueva!

Patrycja sonrió y se acomodó la manga.

—Me la regaló la señora Ada de ArtCreación. ¿Recordáis? En la aventura anterior ayudamos a encontrar un papel decorativo perdido. Como agradecimiento, me dio esta camiseta.

—Ayuda por ayuda —observó Alfred—. Muy detectivesco.

—¡Y ahora, desayuno! —ordenó Kuba—. Porque un detective piensa mejor con la barriga llena.

Apenas terminaron de comer, se oyó un golpecito tímido en la puerta. Allí estaba la señora Conejita, sosteniéndose una orejita con una pata.

—Perdonad que moleste —dijo muy preocupada—. Pero desde esta mañana algo me hace cosquillas aquí dentro. Como si en mi oreja hubiera una hoja, un papelito o un duendecillo pequeño.

Patrycja tomó enseguida su lupa. Alfred acercó el hocico. Zofia se inclinó todo lo que pudo. Kuba parecía a punto de anunciar una gran teoría.

—No te muevas un momento —pidió Patrycja.

Miró con mucho cuidado y, al poco, sonrió ampliamente.

—No es una hoja. ¡Es un grillo!

Alfred acercó suavemente una hojita, y el grillo, asustado, salió disparado de la oreja y cayó justo sobre la pata de Kuba.

—¡Aaah! ¡Algo está sobre mí! —rugió el león, dando un salto hacia atrás.

El grillo chilló igual de asustado y saltó hacia los arbustos.

—¿Se asustó él o tú? —se rió Alfred.

—Yo solo… reaccioné por instinto —respondió Kuba, acomodándose la melena con restos de dignidad.

La señora Conejita dio las gracias y corrió a casa.

## Inquietud en la selva

Poco después llegó la primera ratoncita, claramente nerviosa.

—¡Hoy no iremos a recoger provisiones al bosque! —chilló—. ¡He visto espinas entre los arbustos!

Detrás de ella llegó una pequeña monita, moviendo la cabeza con miedo.

—¿Espinas? ¡No eran espinas! ¡Eran espadas! ¡Yo misma vi cómo brillaban!

La lechuza, que escuchaba desde una rama, añadió con voz solemne:

—¿Espadas? Yo oí que era todo un árbol de espinas. Caminante. Espinoso. Enorme.

Al final llegó corriendo el zorrino Stanisław, jadeando como si huyera de algo terrible.

—¡Y además ruge! ¡Lo escuché con mis propios oídos!

Kuba miró a todos con creciente preocupación.

—¿Espinas, espadas, árbol espinoso y rugido? Entonces debe de ser un animal gigantesco.

Patrycja, sin embargo, abrió tranquilamente su libreta.

—O quizá… cada uno añadió algo suyo, y el rumor creció como un globo.

Entonces, desde los arbustos, apareció un verdadero erizo. No tenía aspecto de ser peligroso. Más bien parecía dormido y un poco despeinado.

—He oído que me buscabais —preguntó con timidez.

Las ratoncitas y la monita retrocedieron de un salto.

Zofia inclinó la cabeza.

—¿Eres tú la criatura de las espadas y las espinas?

El erizo resopló.

—Soy un erizo. Solo un erizo. Pero al parecer por el bosque circula un rumor sobre un animalerizo o un puercoespín. Yo solo sé lo que escuché de las golondrinas.

—Entonces el rumor fue creciendo de golondrinas, a lechuza, a zorrino, a monita, hasta convertirse en un “árbol de espinas que camina”? —preguntó Patrycja.

—Algo así —asintió el erizo.

Ala dio una vuelta en el aire.

—Las criaturas… bueno, los animales… de verdad saben adornar las historias.

Kuba ya se preparaba para una gran persecución, pero Patrycja lo detuvo con una pata.

—Primero comprobaremos todo con cuidado. No vamos a perseguir nuestras propias suposiciones.

## La investigación de Kuba

Los Animales Detectives se adentraron en el bosque. Kuba se puso delante y alzó la cabeza con una expresión segura, casi orgullosa.

—Hoy yo me encargaré de seguir las huellas —anunció con firmeza—. Es hora de que veáis cómo lo hace un profesional.

Alfred levantó una ceja, pero no dijo nada.

Kuba avanzó entre los arbustos, olfateando con entusiasmo y dando amplios rodeos.

—La pista es reciente… muy clara… alguien pasó por aquí hace nada… y giró aquí… y luego aquí… —dijo cada vez más convencido, acelerando el paso.

—¡Ah, y aquí se dio la vuelta! Ingenioso, pero no me engañará —añadió con satisfacción.

Todos se inclinaron cuando Kuba señaló unas huellas en el suelo.

Hubo un instante de silencio.

—Kuba… —empezó Patrycja, conteniendo a duras penas la risa—. Esas son tus propias huellas.

Kuba miró hacia abajo, luego alrededor, y se dio cuenta de que estaba justo donde había empezado.

—Ah… —murmuró—. Entonces fui tan bueno que me seguí a mí mismo.

Alfred soltó una risa suave.

—Bueno… eso también es una habilidad.

## Un ruido muy extraño

Siguieron avanzando, esta vez con más cuidado.

Encontraron musgo aplastado, trozos de corteza y un montón de hojas colocadas como una cama cómoda.

—Alguien pasa mucho tiempo aquí —susurró Zofia.

Cuanto más se adentraban, más silencioso se volvía todo. De pronto oyeron una respiración profunda y lenta. Algo crujió entre los arbustos. Las ramas temblaron, como si algo grande se moviera.

Kuba adoptó al instante una postura defensiva, levantando las patas como un auténtico héroe de película.

—Poneos detrás de mí. Estoy listo.

Ala subió más alto, preparada para avisar si algo iba mal.

Alfred, con el hocico pegado al suelo, susurró con tensión:

—De verdad es un animal grande…

En ese mismo momento, algo salió disparado de los arbustos con un golpe seco y rodó hasta los pies de Kuba.

—¡Aaaah! —Kuba saltó listo para pelear y luego miró hacia abajo.

Era solo un gran fruto maduro que había caído del árbol.

—Yo estaba… preparado para todo —murmuró, intentando recuperar la postura.

Ala soltó una carcajada desde arriba.

—Ya lo vi. Muy preparado.

Entonces, entre las hojas densas, apareció una pata que bajaba con absoluta pereza. Patrycja apartó las hojas lo más despacio que pudo.

## El encuentro con el Lezovierzo

Sobre un pequeño tronco, medio tumbado y medio sentado, dormía un animal extraño. Tenía un hocico un poco como el de un macaco y un poco como el de un perezoso. Abrió un ojo, luego el otro, y se estiró tanto que las ramitas crujieron.

—Buenos días —dijo arrastrando las palabras—. ¿Vosotros también habéis venido a descansar?

Kuba parpadeó, sorprendido de que toda aquella amenaza se hubiera convertido en una criatura soñolienta y sonriente.

—¿Tú eres la bestia terrible de las espinas y las espadas?

El animal bostezó tan ampliamente que casi le cubrió el hocico.

—No soy un erizo. Y no soy un puercoespín.

—Entonces, ¿quién eres? —preguntó Patrycja.

—Lezovierzo. Me llamo Malwin.

Se hizo el silencio.

—¿Lezovierzo? —repitió Alfred—. ¿O sea… un animal que se tumba?

Malwin asintió.

—Exactamente. Soy una especie rara de varios reinos de cuentos. Me gusta tumbarme, descansar, dormitar y no molestar a nadie. Antes vivía lejos de aquí, en un lugar donde el sol brillaba demasiado fuerte y todos corrían demasiado rápido. Yo prefería ir despacio. Por eso me mudé aquí, donde la sombra es suave y la calma dura como una siesta de tarde.

—¿Y luego los animales empezaron a decir que eras un feroz puercoespín? —preguntó Zofia.

—Creo que sí. Pensé que tarde o temprano todos se darían cuenta por sí solos. Y además… lo que más me gusta es poder echarme tranquilamente sin molestar a nadie.

Malwin se estiró otra vez.

—Los rumores cansan. Es mejor no repetirlos. Si algo nos inquieta, hay que comprobarlo o preguntar.

—Y eso es justamente lo que hemos hecho —resumió Zofia.

Ala dio una vuelta en el aire.

—Gracias a eso sabemos que en el bosque no hay ningún monstruo con espinas, sino un lezovierzo que solo quiere vivir en paz.

Alfred sonrió a Malwin.

—Entonces, ¿quieres venir a cenar con nosotros?

Malwin bostezó.

—Encantado… pero primero me echaré una siesta de cinco minutos.

Resultó que sus “cinco minutos” duraron casi dos horas, y el sol ya había avanzado hasta el otro lado del cielo.

Cuando los detectives regresaron a la selva, las ratoncitas, la monita, la lechuza y el zorrino suspiraron aliviados al oír que en el bosque no vivía ninguna bestia espinosa, sino un tranquilo Malwin que adoraba dormir y no quería asustar a nadie.

Patrycja cerró su libreta.

—El misterio lo resolvió la atención.

—Y hacer preguntas en vez de repetir rumores —añadió Zofia.

—Y también que hasta el animal más raro puede estar simplemente muy cansado —sonrió Kuba.

Ala dio una última vuelta sobre ellos.

—La moraleja es sencilla: antes de contarlo otra vez, mejor comprueba y pregunta.

—El rumor puede crecer, ¡pero la verdad también puede ser muy interesante! —terminó Alfred.