**Capítulo 1 – Kuba no quiere dormir**
Era tarde por la noche.
En la terraza de la casita junto a la selva estaban sentados tres: Alfred, Sofía y Patricia. O, en realidad, cuatro, porque Agata se había hundido tanto en el sillón que parecía parte de él. Hablaban en susurros, porque la noche era tranquila y cálida, y los grillos cantaban tan fuerte que casi no hacía falta bajar la voz.
Casi, porque por la puerta entreabierta llegaban de vez en cuando ruidos extraños.
—¿Lo oyen? —susurró Patricia.
—Lo oigo —murmuró Sofía—. Esa ya es la tercera sesión de gimnasia en una hora.
Alfred se acomodó las gafas y miró por la ventana. Kuba estaba junto a la hamaca y hacía sentadillas muy serias. Luego saltos. Luego algo que parecía un baile, pero seguramente no lo era.
—Antes vi —dijo Patricia en voz baja— que se pegaba los párpados con cinta.
Se hizo silencio.
—¿Con cinta? —repitió Sofía.
—Con cinta —confirmó Patricia.
Alfred dejó la taza de té y entrecerró los ojos.
—Tiene miedo —dijo en voz baja.
Agata, que estaba tan callada en el sillón que todos se habían olvidado de que estaba allí, levantó la cabeza. Se puso de pie con calma, arregló su vestido y miró hacia la hamaca.
—Lo sé —dijo—. Ahora hablaré con él.
**Capítulo 2 – La conversación junto a la hamaca**
Agata se acercó a Kuba sin prisa. Kuba acababa de terminar las sentadillas y fingía observar algo muy interesante en la oscuridad de la selva.
—Kuba —dijo Agata.
—¿Mmm?
—¿Qué estás haciendo?
—Gimnasia —dijo Kuba con solemnidad—. Gimnasia de la noche. Siempre hago eso.
—Nunca lo habías hecho —dijo Agata.
Kuba guardó silencio un momento.
—Tal vez estoy empezando un nuevo hábito.
Agata se sentó en el borde de la hamaca y lo miró con calma. Kuba sostuvo esa mirada durante unos cinco segundos.
—Bueno —murmuró al fin y se sentó junto a ella—. Un poco… no quiero dormir.
—Tienes miedo de ese sueño —dijo Agata. No como pregunta.
Kuba se encogió de hombros. Luego asintió.
—La tormenta. Y casi me caigo del puente. Y no sé qué pasará después. ¿Y si esta vez el sueño es peor?
Agata estuvo un momento en silencio. Luego habló suavemente:
—Yo también me asusto a veces. Antes de entrar en una cueva oscura, siempre me quedo un momento en la entrada. Nadie me ve, pero así es.
Kuba la miró.
—¿De verdad?
—De verdad —asintió Agata—. Pero entro. Porque sé que no estoy sola.
En la terraza aparecieron tres siluetas. Alfred, Sofía y Patricia se acercaron en silencio y se sentaron cerca.
—Kuba —dijo Patricia—, yo tengo muchas ganas de saber si ese polvo funcionó. Si las nubes se volvieron más densas. Si sobre la isla de Laurencio cayó la lluvia. Solo tú puedes comprobarlo.
—Porque es tu sueño —añadió Sofía.
—Y estamos aquí —lo tranquilizó Alfred—. Todos.
Kuba miró a sus amigos. Alfred ya sostenía una taza de leche caliente, humeante, con una cucharadita de miel; olía tan reconfortante que daban ganas de cerrar los ojos.
—Leche especial para dormir bien —dijo Alfred.
Kuba tomó la taza. Bebió despacio. Se metió en la hamaca y miró al cielo.
—Bueno —murmuró—. Pero si pasa algo, me despiertan.
Nadie respondió, porque Kuba ya dormía.
**Capítulo 3 – El sueño empieza de otra manera**
Kuba esperaba un barco. Esperaba una tormenta, olas altas y viento en las velas.
Pero solo había cielo.
Un cielo enorme, azul, lleno de sol, y un blanco mar de nubes muy abajo. Kuba sintió el viento bajo sus alas y por un instante no entendió de dónde habían salido de repente.
Luego se dio cuenta de que era Ala.
En el sueño eso era completamente normal.
Lo veía todo con sus ojos: agudos, veloces, moviéndose hacia todos lados. Y precisamente gracias a ellos distinguió dos pequeñas siluetas en alas delta, muy lejos delante de él, volando tranquilamente sobre un mar de nubes.
Patricia y la Panda Roja.
Patricia llevaba una bolsita con polvo plateado y se inclinaba sobre las nubes, esparciéndolo despacio y con cuidado. La Panda Roja volaba a su izquierda y hacía lo mismo.
—Quédate de este lado —gritó Patricia—. Aquí las nubes están más densas.
—Lo veo —respondió la Panda Roja—. Y también veo que estás tranquila, como siempre cuando haces algo por primera vez y no sabes qué pasará.
Patricia guardó silencio un momento.
—Eso significa que estoy concentrada —dijo al final.
**Capítulo 4 – Las grullas**
El vuelo era hermoso.
Las nubes parecían un gran cojín blanco, el sol brillaba desde un lado y convertía cada nube en una pequeña montaña con una cima dorada. Kuba —como Ala— rodeaba con calma el ala delta y vigilaba la ruta.
Y entonces vio las grullas.
Venían por la izquierda: grandes, grises, perfectamente ordenadas, rápidas y seguras, directo hacia Patricia.
—¡Cuidado! —gritó Kuba con la voz de Ala.
Patricia giró la cabeza. Las vio. Tiró del mando del ala delta hacia la derecha con tanta fuerza que la bolsita con polvo se balanceó en el aire, se inclinó peligrosamente, pero Patricia la atrapó en el último instante con la otra mano.
Las grullas pasaron rozando. Una de ellas —la más cercana— giró la cabeza y miró a Patricia con claro asombro, abriendo mucho el largo pico.
—¡Perdón! —gritó Patricia.
La grulla no respondió. Las grullas siguieron volando, tranquilas y dignas, como si nada hubiera pasado.
La Panda Roja guardó silencio un instante. Luego empezó a reír, tan fuerte que su ala delta tembló.
—Concentrada —dijo entre una carcajada y otra—. Muy concentrada.
Patricia acomodó la bolsita y fingió no escuchar.
**Capítulo 5 – El polvo se acabó**
Siguieron volando un rato más, sobre la parte más oscura de las nubes, sobre el lugar donde el aire olía distinto, más húmedo y pesado.
Entonces Patricia miró dentro de la bolsita.
—Se acabó —anunció con calma.
La Panda Roja revisó la suya.
—La mía también.
Las dos alzaron la cabeza y miraron hacia abajo. Debajo de ellas, las nubes se habían vuelto oscuras: azul marino, pesadas, hinchadas. El aire temblaba.
—Mira —susurró la Panda Roja.
—Veo —confirmó Patricia.
Y durante un momento ambas se quedaron mirando. Kuba —como Ala— miraba con ellas.
—Volvemos al barco —decidió Patricia al fin.
Ala voló por delante, atravesando el viento, el frío y descendiendo hacia los mástiles del barco que se balanceaba tranquilo sobre el mar.
**Capítulo 6 – La lluvia**
En la cubierta del barco, todos estaban junto a la barandilla con sus catalejos.
Laurencio estaba en el centro. Se sujetaba con tanta fuerza que parecía temer caer al agua. Miraba hacia su isla.
Patricia y la Panda Roja aterrizaron en la cubierta. Nadie dijo nada: todos miraban el mismo punto en el horizonte.
La primera gota cayó sobre la cubierta, justo junto a los pies de Laurencio.
Luego cayó una segunda.
Y entonces, sobre la isla de Laurencio, el cielo se abrió de par en par y cayó la lluvia: grande, cálida, verdadera. Se veía desde lejos como una cortina gris descendiendo sobre el verde de la isla.
Laurencio miró sin moverse.
Luego se volvió hacia los detectives. Quiso decir algo, abrió la boca, pero durante un momento no salió ningún sonido.
—Gracias —susurró al fin, muy bajito.
Kuba asintió.
Ala se sentó en el hombro de Kuba y también guardó silencio, algo muy raro en ella, y todos lo notaron.
**Capítulo 7 – El arcoíris y el picnic**
La tormenta pasó rápido, como suele pasar con la lluvia que ha esperado mucho para caer.
Y después de la tormenta apareció un arcoíris. Grande, colorido, tendido sobre toda la isla, de una orilla a la otra. Ala voló enseguida hacia él para comprobar si se podía atravesar. Resultó que sí.
Los detectives llegaron a la orilla en una pequeña barca. Laurencio iba delante, caminando por la hierba mojada, entre árboles que aún goteaban lluvia, hasta llegar a un gran claro donde ya esperaban los habitantes de la isla.
Las mesas estaban llenas. Había frutas rojas enormes, parecidas a sandías pero más dulces. Había bolitas amarillas que olían a caramelos y sabían a mango. Había tortitas con coco y miel, jugos frescos en cuencos de colores y trozos de papaya colocados como un sol sobre una gran hoja.
Kuba se detuvo junto a la mesa y entornó los ojos al ver algo naranja y jugoso.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Papaya —explicó Laurencio.
Kuba tomó un trozo. Lo observó. Lo olió. Se lo comió.
—Vitaminas —murmuró con seriedad—. Muchas vitaminas.
Todos rieron, tan fuerte que los pájaros de los árboles cercanos alzaron el vuelo.
La fiesta duró mucho. Hubo baile y música, hubo historias y faroles cuando cayó la noche. Laurencio les contó a los habitantes sobre los detectives, y ellos escuchaban con los ojos muy abiertos. Ala aprendió una palabra nueva en el idioma de la isla y la repetía en cada oportunidad, metiéndola en cada frase sin importar si tenía sentido.
Tuptuś lo anotó todo en su cuaderno, incluso una receta de tres platos, los nombres de cinco frutas y la palabra que había aprendido Ala.
Kuba comió dos trozos más y se sintió muy satisfecho.
Luego se sentó tranquilamente a la mesa y sintió cómo la brisa de la tarde rozaba su melena. Cálida, suave, agradable.
Y de repente, bajo su espalda, sintió algo frío y áspero.
Arena.
En el sueño todavía sonaba la música y se escuchaban risas, pero la arena era real. Kuba sintió cómo el viento del lago lo acariciaba por ambos lados al mismo tiempo: el del sueño y el verdadero, el de la playa.
Entornó los ojos.
La música se iba apagando poco a poco.
Laurencio saludaba desde la orilla.
Kuba sonrió dormido —y siguió durmiendo.
**Capítulo 8 – Despertar en la playa**
Kuba abrió los ojos.
Encima de él estaba el cielo. Un cielo rosado de la mañana, con una nube fina estirándose perezosa sobre el agua.
Debajo de él estaba la arena.
Kuba estaba tendido en la playa. No en la hamaca. No en la cabaña. En la playa, con las patas bajo la cabeza y una expresión claramente satisfecha.
Durante un momento no se movió.
Luego se sentó y miró a su alrededor.
Alfred estaba junto a él con una taza de té y la expresión de quien había pasado una noche muy larga.
—¿Por qué estoy tirado en la playa? —preguntó Kuba.
—Porque te levantaste en mitad de la noche —respondió Alfred con calma—, empezaste a mover los brazos como si fueran alas, saliste de la cabaña, cruzaste la selva y te acostaste aquí. Con la cara hacia el cielo.
Kuba entornó los ojos.
—¿Movía los brazos?
—Como un pájaro —confirmó Alfred—. Me aparté justo a tiempo.
—Intentamos cargar contigo —añadió Sofía, acercándose con una taza de jugo—. Pero eres muy pesado.
—Lo intentamos todos —estuvo de acuerdo Patricia.
—Incluso yo —dijo Ala desde una palmera cercana.
Kuba permaneció un momento en silencio, mirando el lago. Luego se volvió hacia Alfred.
—Estaba lloviendo —dijo Kuba con una sonrisa.
—Lo sé —respondió Alfred. Y se sentó a su lado en la arena con el té en la mano—. Cuéntanos todo.
El sol subía despacio sobre el lago. En algún lugar de la selva, los pájaros despertaban. En la playa, un grupo de amigos escuchaba cómo Kuba contaba el vuelo sobre las nubes, las grullas, el polvo plateado y la lluvia que al fin había caído sobre la isla de Laurencio.
Y también habló de la papaya.
De eso también habló.
Porque eran vitaminas de verdad muy buenas.
Kuba hizo una pausa y miró uno por uno los rostros de sus amigos, iluminados por los primeros rayos del sol. Respiró hondo el aire fresco.
—Sabes, Agata… —empezó con suavidad, dedicándole una sonrisa cálida—. Ayer tenías razón con esa cueva oscura. Cuando uno sabe que por la mañana le esperarán amigos como ustedes, incluso la tormenta más grande en sueños no da miedo.
Agata sonrió en silencio. Porque a veces, cuando se dicen las palabras más importantes, ya no hace falta añadir absolutamente nada.
*Fin de la sexta temporada.*
*Nos vemos en la séptima temporada: donde os esperan nuevos misterios, nuevos amigos y todavía más aventuras.*
*Y mientras tanto: buenas noches.*
